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Capítulo 240 de crímenes y criminales
El olfateador

Hacía ya casi veinte años del asesinato de la pequeña Lisa y el culpable aún andaba suelto.
Un nuevo método nos dio una pista definitiva: por fin sabíamos quién era el culpable.
Siempre se habían utilizado sabuesos para seguir el rastro de los fugitivos. El fino olfato de estos animales era capaz de encontrar a los delincuentes dondequiera que se encontrasen. Las finas partículas que vuelan en el aire son captadas por el desarrollado sentido olfativo y reconocidas al instante. Una vez un preso fugado de la penitenciaría estatal de Nueva Orleans, corrió durante tres días sin parar; cubrió una distancia de ciento seis millas. William había sido acusado por el asesinato de una menor, aunque él, como la mayoría de presos, sostenía que era inocente, que alguien le había incriminado. Era un hombre negro con antecedentes por robo; así que el jurado popular no tuvo muchas contemplaciones. El fugitivo hizo todo lo posible por borrar su rastro, cruzó ríos a nado, atravesó bosques, zonas pantanosas, incluso en una granja aislada en la campiña se restregó por el cuerpo café, para enmascarar su olor; pero nada consiguió engañar a los perros. Utilizó viejos trucos que aparecen en algunas películas como echar pimienta por el suelo; incluso consiguió llegar a la pequeña ciudad de Yellowcreep donde entró cruzando varios establecimientos mezclándose con los ciudadanos, robó ropa del tendedero de la señora Murrey. El hombre era un auténtico atleta, estaba en plena forma, pero al final se dio por vencido. El jueves, las piernas ya no le sostenían, los pies le dolían sin parar de sangrar a causa de las ampollas. Los guardias le encontraron sentado en un banco, sin oponer resistencia, estaba exhausto, e increíblemente pidió que le llevaran de allí a su celda. Esta cualidad que poseen algunos animales siempre me había fascinado, y decidí investigar más sobre el tema. Comenzamos desarrollando un aparato que captaba el aire de un lugar, lo almacenaba en una botella y luego unos sensores realizaban un análisis de su contenido; después, toda esa información era interpretada por una computadora, y de este modo, comenzamos a detectar algunos productos en el ambiente. El secretario de desarrollo quedó tan impresionado con nuestro prototipo que se destinaron diversas subvenciones para investigar en aquel proyecto. Mejoramos mucho el invento y cada vez se asemejaba más a la nariz de un perro. Pero la cosa llegó a un punto en el que no conseguíamos avanzar.
–¡Eh, tú, que el instituto es dos calles más abajo!
Fueron las palabras de recibimiento que lanzaron al joven ayudante. Un muchacho pecoso con el cabello enmarañado como un nido de avutarda y del color de las zanahorias. Era un brillante informático, recién salido de la universidad. Su misión era actualizar la anticuada base de datos.
–¡Mierda! No hay manera de hacer funcionar este cacharro; llevamos invertidos más de un millón y la nariz de Call, aun resfriado, es capaz de detectar más olores que esta maldita máquina.
–¿Puedo echarle un vistazo? –dijo el recién llegado.
–Total, ya no hay nada que hacer con esta cosa…
Leonard estaba trabajando en un programa informático para mejorar la calidad de las imágenes que las cámaras de seguridad tomaban a los delincuentes. Se trataba de unos logaritmos matemáticos que eran capaces de limpiar y definir las representaciones. Trabajó durante varias semanas intentado aplicar los programas al Olfateador. Estaba tan inmerso en el trabajo que pasaba las noches en el pequeño laboratorio que la policía científica tenía en la comisaría.
La noche anterior me había quedado hasta tarde viendo el partido; me tomé algunas cervezas de más, y por la mañana el sonido del despertador me taladraba la cabeza. Me levanté tarde y a la carrera me eché un zumo, pero con tantas prisas el vaso se me volcó y me empapé las manos; me las sequé aprisa con una servilleta y salí corriendo al trabajo.
Al llegar por la mañana, el joven me llamó. Me pidió que me pusiese en una silla delante del aparato. Después salimos, bajamos a la cafetería y almorzamos. Treinta minutos más tarde, entramos de nuevo en el laboratorio y el joven encendió el artilugio.
–¡Pero si no has puesto ninguna cosa para que la detecte!
Leonard me miró sonriente y señaló la pantalla del orde38
nador. Cada barrido completaba una línea, y poco a poco se fue formando una imagen. La imagen, aunque de baja calidad, me dejó sin palabras. Era yo mismo sentado en la silla, en la misma posición en la que me había colocado esta mañana. Lo primero que pensé fue en un truco con una cámara oculta que había tomado aquella imagen, pero en ninguna fotografía se podría saber la marca de colonia que utilizo y que mis manos estaban manchadas de zumo de naranja. La máquina mejoraba el sistema: superaba los sentidos de los canes. Las pequeñas partículas se quedaban en el ambiente durante mucho tiempo; se podían recuperar e interpretar. Del mismo modo que una película fotográfica es sensible a la luz y es capaz de captar las imágenes, el Olfateador era capaz de detectar los olores en el ambiente y, mediante un programa informático, dar forma a una imagen. Se podía retroceder en el tiempo, buscado partículas cadáver más antiguas, y de esta forma obtener imágenes de muchos años atrás.
Pedimos permiso a los inquilinos de la casa donde se había cometido el antiguo crimen. La nueva familia no estaba enterada de lo sucedido y se quedaron de piedra cuando entramos con una solicitud para hacer un montón de pruebas por toda la vivienda. Conectamos el aparato en la antigua habitación de Lisa. Pronto comenzamos a recibir unas imágenes, que inmediatamente imprimíamos para después estudiarlas detenidamente en el laboratorio. Al principio eran sucesos recientes, pero según aplicábamos más energía a la máquina las imágenes eran más y más antiguas. Conseguimos remontarnos a la fecha exacta del crimen, y unas impresiones borrosas y deterioradas eran lo máximo que lográbamos. El señor Randolph, marido de la mujer que nos había abierto la puerta, y el cabeza de familia entró en la casa bastante disgustado con lo que estábamos haciendo.
Parecía que después de un duro día de trabajo en la fábrica, se había tomado algunas cervezas de más y la tomó con nosotros. El hombre estaba en su derecho de echarnos de su casa; por el momento no habíamos conseguido una orden, sólo teníamos una autorización, de su mujer. El caso estaba cerrado hacía ya muchos años.
Regresamos a la comisaría con todo el material y comenzamos a trabajar con las imágenes. Con un avanzado programa de ordenador intentamos mejorar la calidad de las fotografías.
Allí me encontraba yo veinte años después, llamando a la puerta de aquel vecino ejemplar. El hombre me miró sorprendido cuando le enseñé la orden de arresto. Durante todos estos años pensó que su crimen quedaría impune. Cuando lo llevamos a comisaría se burlaba de nosotros: sabía muy bien que el cuerpo nunca aparecería y las pruebas nunca serían concluyentes para condenarle. Se sentó en la sala de interrogatorios; entré y dejé caer sobre la mesa, justo delante de sus narices, un montón de fotografías donde se le veía con todo detalle cometer el crimen. Contempló las imágenes una por una, agarrándolas con las dos manos. Él que era manco, llevaba una de esas prótesis que estaban muy de moda últimamente, pero el suyo era un modelo antiguo, de los primeros prototipos que salieron al mercado. Era un sistema sencillo, pero muy eficaz; lo inventó un niño de doce años, pero nadie le hizo caso hasta que comenzó a comercializarlos cuando contaba con más de treinta. El sistema era, para que nos hagamos una idea, similar al que acciona el freno en las bicicletas. Unos cables finos transmitían el movimiento a la prótesis imitando el de la mano sana, que llevaba conectada la transmisión a un aguante. Los finos cables pasaban por detrás de la espalda sobre el jersey y al llevar chaqueta no se notaban. Con este sistema se podía conducir y realizar la mayoría de las actividades normales, montar en moto, coger cajas u objetos pesados. Claro está que también se podía evitar dejar huellas en el escenario de un crimen. Su estúpida sonrisa se borró de inmediato y su rostro se volvió pálido, del color blanco de las paredes cuando comprendió que le habíamos cazado.

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