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Nos encontrábamos en el laboratorio esperando los resultados de las muestras que habíamos tomado, para determinar si realmente se trataba de un envenenamiento, cuando nos llega un nuevo aviso por radio, al parecer había aparecido otro caso.
–Emma, en cuanto tengas los resultados llámame al móvil.
–Trabajaré lo más rápido que pueda, pero esto bien se merece un café.
–Eso está hecho, a ver si nos juntamos esta tarde y charlamos un poco; no olvidéis traer también al niño, para que nos hable sobre su trabajo con el olfateador. –El chaval paró un instante de trabajar y nos miró moviendo la cabeza con gesto burlesco.
Según salía por la puerta, el torrente de agua fría me sacudió en la cabeza; el maldito canalón que recogía el agua del tejado estaba roto justo en la zona de paso. El agua me resbaló rápidamente por el cuero cabelludo y unas cuantas gotas me llegaron hasta la espalda. Era justo lo que necesitaba para mis huesos. Entramos en el todoterreno y nos dirigimos a la granja del Ovejero. Comenzamos a pensar que alguien del pueblo se había vuelto loco y que le dio por echar veneno a los animales, cosa que no era nada inverosímil dadas las múltiples rencillas familiares que durante años se habían mantenido. El Ovejero se dedicaba a la cría de corderos, de ahí su mote; de hecho, su padre también era conocido por el mismo sobrenombre e incluso se remontaba hasta su bisabuelo. Era un hombre de pocas palabras al que era difícil encontrar sobrio. Siempre acostumbraba a llevar colgada de un hombro una bota de vino de buen tamaño para que no le faltase el combustible. Al entrar en el camino que llevaba a su granja nos cruzamos con una ambulancia; esto nos pareció muy extraño y nos pusimos en contacto por radio con la central. Al parecer el hombre no se encontraba muy bien cuando contactó con la comisaría; desde allí avisaron a los servicios de emergencias, ya que se sospechó que pudiese tratarse de un envenenamiento accidental.
La finca estaba alambrada de forma penosa; la valla que hubo de ser de color plateado ahora lucía un tono oscuro a causa del óxido; en muchos puntos estaba rota y los agujeros por los que podía escaparse el ganado estaban tapados con todo tipo de objetos metálicos, desde el somier de una cama de matrimonio hasta las rejas de una ventana. La puerta de acceso estaba atada con cuerdas al cerco, en lugar de tener bisagras atornilladas parecía estar cosida a punto de cruz. Al empujarla para entrar casi se nos viene encima. El terreno estaba lleno de barro, cosa a la que ya comenzábamos a estar acostumbrados y por lo que llevábamos nuestras botas de goma. A la derecha se encontraba una casa de ladrillo y pegada a ella el cobertizo que servía para guardar a los animales. El Ovejero llevaba viviendo solo cosa de tres años; poco antes su madre había muerto de cáncer y su padre, también alcohólico, apareció colgado en el establo. Nada más empujar la puerta salió de la casa un olor nauseabundo; había restos de comida en descomposición por todas partes. Las botellas de cerveza llenaban cualquier lugar que sirviese como soporte ya fuesen mesas, muebles, sillas…
En la vivienda, o mejor dicho en la pocilga, no encontramos ninguna prueba, ningún producto químico o evidencias de su utilización; decidimos entonces mirar en la nave. Lo primero que nos encontramos fueron unos borregos en un estado lamentable; estaban desnutridos y llenos de mierda; el resto de animales no estaba mucho mejor y al fondo encontramos un perro atado con una cadena a la pared; el animal ni siquiera tenía fuerzas para ladrar; estaba más muerto que vivo. Evidentemente el Ovejero había desatendido sus labores para dedicarse de lleno a la bebida. Salimos de aquel lugar horrorizados. Una de las cosas que menos soporto es la crueldad con los animales; las personas podemos defendernos, pero ¿qué puede hacer un animal si no le dan de comer?
–¡Harry, mira en el abrevadero! Parece…
En cuanto me volví, identifiqué la forma de varias ovejas tiradas en el suelo. Estaban hinchadas como balones y tenían las marcas típicas de haber sido envenenadas. ¿Pero cómo era posible? La granja de Norman estaba muy lejos. ¿Podía tratarse de una coincidencia? En ese momento sonó la melodía de El bueno, el feo y el malo, que avisaba de que me estaban llamando.
–¿Sí?
–Harry, las pruebas han dado positivo para estricnina. Tuvieron que beber una gran cantidad de agua o alguien ha vertido veneno en el río en cantidades industriales.
–Gracias Emma, nos vemos en un momento, creo que tenemos otro caso.
Entonces Jimmy comenzó a dar forma a una idea descabellada que comenzaba a ganar fuerza en nuestro subconsciente: ¿y si de alguna forma todo estaba relacionado? Tal vez el Ovejero hubiese bebido de la misma agua que los animales. ¿Pero de dónde viene esta agua?
En ese instante el corazón me dio un vuelco al seguir con la vista el caño que atravesaba la finca en dirección al arroyo.
–Central, central, hay una emergencia de tipo 3, hay que avisar inmediatamente a toda la población para que nadie beba agua del grifo.
El pilar frente al que nos encontrábamos se llenaba con el agua del arroyo que bajaba cruzando las tierras por un conducto de cemento, lo que relacionaba los casos directamente, pero lo más preocupante era que el arroyo desembocaba en el río y este era el que nutría el embalse que suministraba agua potable a todo el pueblo.
–Harry, corre, monta en el coche de una vez.
Subí a toda prisa y Jimmy pisó el acelerador a fondo; las ruedas se movieron rápidamente arrastrando barro y piedras que salían disparadas por la parte trasera.
–Tengo que avisar cuanto antes a Gabriele y los niños, para que no tomen agua.
–Bien, me parece una buena idea; justo al lado de tu casa se encuentra la emisora de radio, me acercaré para que alerten a la población.
Pusimos la sirena y por el megáfono fuimos alertando a la población. El pueblo no tenía demasiados habitantes, pero el problema era que la mayoría vivían en grandes fincas alejadas entre sí. Lo mejor era enviar el aviso por radio; la emisora local tenía mucha audiencia ya que por ella se emitían programas de interés para todos los ciudadanos. Pero de todas formas alguien desde la oficina tendría que llamar a cada una de las casas más aisladas. Entramos en la calle principal de la ciudad y Jimmy conducía como un loco, la visibilidad era muy escasa ya que la lluvia caía sobre el parabrisas con mucha fuerza. El asfalto de la calle quedaba oculto por la riada y el vehículo patinaba dando bandazos en cada curva. Realmente pensé que nos íbamos a matar; nunca había visto a mi compañero tan exaltado. Casi entra con el todoterreno en el interior de la casa, se subió a la acera y lo dejó aparcado justo en la puerta de entrada. Entró a toda prisa dando voces; nada más abrir la puerta vi a su mujer tendida en el suelo de la cocina, su hijo pequeño estaba muy asustado llorando a su lado.
–¡Hay que llamar a una ambulancia! –gritó mientras examinaba a su mujer.
–¿Tiene pulso? Ponla de lado, hay que hacerla vomitar, tiene que expulsar el veneno.
Intenté mantener la calma y resolver la situación. Llamé rápidamente por radio a la central pidiendo una ambulancia, pero en aquel momento era imposible conseguir una: se había desatado el caos por toda la población; todo el mundo parecía intoxicado y los médicos no daban abasto. Introduciéndole el dedo índice y corazón en la garganta conseguimos hacerla vomitar; luego recordé que la leche era un antiguo antídoto contra las intoxicaciones. Le dimos leche y muy despacio se fue recuperando. Por suerte no podía haber ingerido una dosis letal. Si el vertido se realizó en el arroyo, para cuando llegase al pueblo el veneno estaría muy diluido, pero aun así podía ser mortal en niños y personas enfermas. Por suerte llegamos a tiempo y Gabriele se repuso enseguida.
–Será mejor que te quedes con tu familia, yo iré a informar a la emisora, para que den el aviso por radio.
Me puse de pie después de permanecer al lado de Gabriele y noté un dolor intenso en la espalda, como si todas las vértebras se hubiesen desencajado. Aguanté el dolor sin rechistar y salí de la casa caminando a duras penas. La intensa humedad de estos días combinada con el frío parecía como una mochila colgada a mis espaldas, con un enorme peso que aumentaba día tras días. Al salir al exterior nuevamente el crudo invierno me golpeó de lleno. Tomé aire y aguanté la respiración hasta estar en el interior del coche. Una vez se comenzó a emitir la noticia, salí para intentar avisar lo antesposible a las personas que vivían en los lugares más aislados; enseguida pensé en el viejo Nel, pues no tenía teléfono y seguro tampoco escuchaba la radio; además él vivía cerca del arroyo, donde la concentración de veneno era mayor. Crucé de nuevo la avenida principal y hacia la mitad me encontré con el centro de salud. Las personas salían hasta la calle, de alguna forma cundió el pánico entre la población y la mayoría creyó estar envenenado. Bueno, pensé, mejor que se lleven un susto antes que se produzca una sola muerte.
Comenzaba ya a anochecer y encendí las luces del vehículo, pero la lluvia parecía formar una cortina impenetrable a través de la cual apenas se veía. Para cuando paré en la puerta de Nelson era prácticamente de noche y me pareció extraño no ver ninguna luz encendida en el interior. Me dispuse a tocar la campanilla cuando me di cuenta de que la puerta estaba entornada. La empujé y se deslizó produciendo un sonoro chirrido.
–¡Nel! ¿Estás ahí?
Nadie contestó, pero me pareció escuchar una especie de sollozo. Cogí mi linterna y alumbré hacia el lugar del que provenían. Me encontré al anciano sentado en el suelo con su perrita muerta entre los brazos. Intenté calmarle, pero durante unos instantes no reaccionó; después, por fin, rompió a llorar efusivamente liberándose de aquel dolor asfixiante.
–La ha matado, ese mal nacido la ha matado. Mi pobre perrita. ¿Qué mal le ha hecho?
–Tranquilo Nel, cogeremos al culpable.
–¿El culpable? Ese maldito Markus. Él es el culpable…
Se trataba de una acusación muy seria, pero yo también tenía mis sospechas; aquel cabrón estaba trastornado y era perfectamente capaz de haber intentado envenenar a todo el pueblo. Lo mejor sería hacerle una visita sorpresa cuanto antes, antes de que pudiese esconder las pruebas. Legalmente hay que pedir una orden judicial para poder entrar en una propiedad privada, pero la situación no era para quedarse de brazos cruzados.
El viejo Nel no volvió a ser el mismo desde la muerte de su perrita. Se le veía apagado y distante, no quería hablar con nadie y nunca nadie más probó su famoso té.

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